Candela

posted in HISTORIAS Y SECRETOS

Candela

De todas las criaturas que se verán en mi exposición IMAGINARIUM, sin duda ésta es la más enigmática. Algunas noches, cuando no concilio el sueño viene a mi mente éste recuerdo , a pesar de estar a miles de kilómetros del lugar donde la conocí, vuelvo a sentir la misma sensación de alarma en el estómago.

La primera vez que vi a Candela fue a finales de los años 80, en el mercado de artesanía de la madrileña Plaza de Santa Ana, donde yo todos los Sábados por la tarde puntualmente solía vender mis grabados al aguafuerte. Ella apareció como salida de la nada y se plantó indecisa frente a mi puesto. Me pareció atractiva. No llegaba a los 20 años. Con la mano izquierda acarreaba un enorme saco de lona. Con la derecha, asida con amor maternal, una preciosa muñeca de trapo que era su vivo retrato: ojos negros, piel blanquecina, ropa al estilo bohemio Parisino, y una boina roja de lana. Recuerdo mi primera impresión: «Esta tía no tiene nada que ver con ninguna de las que he visto pasar por este mercadillo«.

«¡Hola! ¿sabes si este espacio está libre?», me preguntó cabizbaja. «Si, si, claro», le dije, «aquí todos tenemos nuestro sitio pillado pero a éstas horas los que quedan libres son para el primero que se presenta«. Esas palabras dieron pié a presenciar un ceremonioso y pausado ritual. Cuidadosamente, ella fue desdoblando una extensa pieza de tela en el suelo, en un ritmo mesmerizante digno de un maestro de Tai Chi. Hipnotizado, vi cómo iba colocando sobre el lienzo con sus cariñosas manos de porcelana, una tras otra, una colección de muñecas. Cada cual era más preciosa y fascinante que la anterior. ¡Nunca había visto unas figuras tan fascinantes!

De pronto, recobré el sentido del tiempo. Tuve la sensación de que mi mente había vagado eternamente por un infinito universo de silencio. Había algo realmente cautivador, definitivamente triste, en aquellos fantásticos seres tan minuciosamente vestidos. A pesar de su sencillez, cada una de aquellas muñecas parecía cobrar vida en su inquietante mirada. Preguntándome qué clase de ser humano estaría detrás de unas obras tan magnéticas, volví a mirar a su creadora. A primera vista, pude advertir en ella algo extrañamente sofisticado… misterioso… inquietante. Sentí ese pellizco en el estomago que me advertía: «Koldo, esta chica te va a traer problemas«. El mismo pellizco que, sin importar el precio a pagar por ello, en una décima de segundo me arrastró a querer saberlo todo sobre Candela.

Así me dijo que se llamaba. Yo le hacía preguntas, una tras otra. Ella contestaba con rubor. Sus respuestas eran parcas e imprecisas. En realidad, lo único que yo quería era distraerla en sus propias palabras para poder observar con detenimiento cada uno de los detalles de su intrigante persona. ¡Qué extraña mezcla de timidez y calma! ¡Y qué frialdad ante mis halagos por sus muñecas! pensaba yo.

Me contó que venía de Menorca. Que ese mismo día y por primera vez había llegado sola a Madrid «a buscarse la vida». «¡Pues eres muy valiente!«, le dije. Aquel pequeño botón de información me permitió posicionarme estrategicamente y  adoptar con ella un rollo paternal. Intenté que se sintiera segura y protegida. Le dí mis mejores consejos sobre como vender más, sobre la psicología de los compradores del mercado, bla, bla, bla… Yo, que tenía la experiencia de incontables tardes de mercadillo en aquel metro cuadrado de césped  junto a la impertérrita estatua de Calderón de la Barca… Pasadas la 1 de la noche, el sonido de las barras de metal de los puestos, en aquel ritual de golpes de espadas luchando por desmontar la noche madrileña, me devolvió a la realidad. Pronto descubrí que esta inexperta jovencita no había venido desde tan lejos para recibir mis lecciones, si no para impartirlas: ante mis ojos, sus muñecas se habían vendido como rosquillas. ¡Nunca antes había visto a un artesano hacer tantas ventas en tan poco tiempo! Sentí que yo no era más que un presuntuoso charlatán.

En un desesperado intento por agarrarme a la fugaz estela de Candela, le pregunté dónde tenía pensado pasar la noche. «Ahora buscaré alguna pensión por aquí«, me contestó. Era la oportunidad perfecta para invitarla a pasar la noche en mi piso, cerca en el mismo Barrio de las Letras, donde yo tenía una habitación libre. En aquella época, yo vivía en aquel antiguo piso, que antes perteneció a mis abuelos. Estaba a unas pocas calles más abajo de la Plaza de Santa Ana, lo cual era ideal para mis jornadas de mercadillo. Yo solía recoger los trastos y, acarreando mi caballete desmontado bajo un brazo y una enorme carpeta con mis obras en la otra mano, andaba por la calle Huertas abajo. En pocos minutos ya estaba todo aparcado en el piso. En aquellos días, la estampa de ver a todo tipo de amigos, conocidos y espontáneos personajes de la bohemia madrileña acampando en aquel piso era típica. Yo estaba seguro de que Candela no tenía nada que ver con el tipo de gatos nocturnos a los que yo estaba acostumbrado a tratar. Estaba seguro de que no aceptaría mi oferta y se iría a una pensión. Es extraño… Recuerdo escuchando un voz interior diciéndome: «Es mejor que diga que no«. Pero Candela aceptó.

El paseo cuesta abajo hasta el número 7 de la calle Moratin duró 6 minutos, a lo largo de una sinfonía cacofónica que salía despedida a patadas desde las puertas de los innumerables clubs nocturnos. Se me hizo eterno. Sentía que aquella pequeña muchacha ejercía un poder magnético sobre mí. A cada frase que se me ocurría decir, la fuerza aplastante de su silencioso brazo mental las iba tumbando una a una en un pulso cruel. Temí que no conseguiría mediar palabra en toda la noche. Y ya no había marcha atrás.

Finalmente, llegamos al viejo portón de madera. Lo abrí con nerviosismo. Entramos en el portal y encendí la luz del pasillo. Olía a humedad. A pesar de ir yo bastante cargado, le ofrecí una mano para subir su bolsa. Candela la agarró con fuerza, protegiéndola impetuosamente, como si le fueran a arrebatar la memoria de todos sus sueños. Me miró con ojos severos y un «NO» rotundo recorrió escaleras arriba las paredes del edificio, rebotando en cada uno de los pisos. Sentí miedo.

Con un nudo en la garganta, comencé a subir los chirriantes peldaños de madera de aquella típica casa madrileña del siglo XIX, hasta llegar al cuarto y último piso. Tan pronto como dejamos los trastos aparcados en el descansillo de la casa, observé que Candela estaba en todo momento ensamblada a una «muñeca clon». Era su vivo retrato. Durante el resto de la noche, ni en un sólo segundo se aparto ni de ella ni de su bolsa de lona. Pensé que no se fiaba de mi, que temía que yo le robase en un descuido. Pero, si así era… ¿porqué había confiado en pasar la noche con un extraño?

Yo intentaba que Candela  se sintiera cómoda. Rechazó un porro y el ponche caliente de coñac, leche  y miel que yo solía prepararme en las noches de invierno. Finalmente, aceptó un té de menta, que usó para mantener sus manos calientes y no llegó a probar. Una copa de Rioja para mí. En todo momento, su expresión… ¡era tan distante y estática! Rehuía mi mirada constantemente, con aquellos ojos crípticos siempre clavados en esa muñeca replica de sí misma a la que apretaba sin descanso contra su pecho. Intentar conversar con ella estaba resultando un proceso verdaderamente tortuoso.

Quién sabe si fue bajo la influencia de la tenue luz de las velas, siempre encendidas en aquellas noches bohemias… El caso es que, de pronto, inesperadamente ¡dí con la tecla! Un resorte mágico se había desencadenado. Con toda la naturalidad el mundo, nos adentramos cuesta abajo en un bosque de conversaciones que giraban en torno a el fascinante mundo de las muñecas: «Muñecos Diabólicos», la película de Todd Browning; el teatro de marionetas de Vienna; la tienda de muñecas antiguas en la Plaza de Canalejas… Definitivamente, Candela era una persona de una conversación rica y fascinante. Ella no era exactamente mi «tipo de chica». No sabría exactamente decir porqué. Sin embargo, en ese momento de la noche, sentí una chispa saltar. Creo que fue cuando se me ocurrió aquella magnánima parida. Que la fantasía sexual de Epi y Blas -los personajes de Barrio Sésamo inspirados en una naranja y un plátano- era ser el sombrero de Carmen Miranda. A Candela esa tontuna le hizo mucha gracia y, por primera vez  y para mi asombro, se le escapó una sonrisa infantil. Ese pequeño gesto me hizo sentir peligrosamente atraído por su misteriosa personalidad.

Cada pocos minutos, ella comprobaba la hora en el viejo reloj de pared que habitó aquel salón desde que tengo uso de memoria. Aquella burda imitación del Big Ben londinense,  nos empujó contra las cuerdas del tiempo. Era la 1 de la madrugada. Ella parecía aliviada. Como si toda la noche hubiera contado los segundos esperando la llegada de ese momento. Como si un encantamiento si hubiera hecho pedzos, ella regresó a su frialdad inicial. Todavía recuerdo sus enigmáticas palabras: «Mi noche es corta y el día no tiene dueño«.

Le mostré el dormitorio donde pensé que estaría más cómoda: el de mis abuelos. Ella estaba fascinada con aquellos muebles de madera lacada de los años 20. Con el olor a alcanfor que se escapaba por las rendijas del armario. Le di las buenas noches y me despedí cerrando la puerta tras de mí. Estaba muy cansado pero no tenía sueño. Me hubiera gustado que la conversación con Candela hubiera durado toda la noche.

En el sofá del salón, unas copas de vino se quedaron a hacerme compañía. No podía dejar de pensar en Candela. ¡Qué extraño personaje! Puse un poco de música a un volumen muy bajito. Recuerdo que lentamente me sentí tragado por una sombra de melancolía, inspirada por la oscura voz de Peter Hammill. Buscaba una caja de cerillas para encender otro cigarro de liar y, en un cajón, encontré una caja de latón que me resultaba familiar. «Té Pompadur. Contenido 200 Bolsas«, rezaba la tapa. Dentro, una montaña de fotografías familiares abarquilladas y desordenadas. Años 40 y 50… Apenas podía verlas bajo la luz de las velas. Entonces recaí en que, desde el momento en que Candela había entrado en el piso, la luz estaba extrañamente empañada por una atmósfera neblina y pesada. O acaso sería el efecto del vino y el cansancio… No sé. Me preguntaba si Candela y yo tendríamos algo en común, además de nuestro interés por el arte y las muñecas. Fue entonces cuando sentí aquel bloque de aire glacial abrazándome con fuerza: una jaula de espejos de hielo que me mostraba sin piedad lo solos que Candela y yo estábamos en realidad.

Era verdad. Me negaba a reconocer que, de algún modo, yo era igual que ella. La idea de verme a mi mismo como un triste y solitario artista, vagando como un espectro por las calles de una ciudad vacía de aliento, rodeado de una inmensidad de caras invisibles que jamás tendrían el más mínimo interés en comprender el alma de mi obra… Era verdad. Entonces, lloré en silencio.

Lo siguiente que recuerdo es despertar a la mañana siguiente. Candela se había marchado. No había ni rastro de ella. Excepto un pequeño presente cuidadosamente colocado sobre la cama donde ella había pasado la noche. Era un muñeco. Pero no uno cualquiera: Koldo. Sí. Era una replica de mi persona, con mi narizota vasca, mi pelo rizado, mis pequeñas manitas, y mis cortitas piernas, mis zapatos de claqué, mis tirantes de los años 20 y mi chaleco negro, con sus bolsillos interiores repartidos de hebras de tabaco y papel de fumar… Era yo. Sentí una emoción muy profunda. ¡Sentí miedo!

Mi cabeza estaba sembrada de interrogantes. ¿Cómo se las había arreglado Candela para crear aquel muñeco, cuya pintura aún estaba fresca, en una sola noche? ¿Porqué? Y más aún… ¿porqué yo? ¿O es que iba dejando muñecos clon en todas las casas? ¿Para qué? ¿Que iba a pasar? Y lo que es aún peor:  ¿Que «me» iba a pasar?

Con la esperanza de volver a encontrarme con aquella enigmática creadora de muñecas, cogí mis trastos y me dirigí raudo a el popular mercadillo madrileño de antigüedades y artesanía donde yo también solía vender mis obras las mañanas de Domingo: El Rastro. Pero rastro… no hubo de ella. Pasaría un tiempo muy largo e incierto hasta que volví a saber de Candela.

Please follow and like us:
Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial